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David Barro /// La iconoclasta viceversa de la escultura

Son muchas las ocasiones donde derrumbar es un signo de avance, única hipótesis o canalización del futuro. Así, las dictaduras –no sólo la pictórica y la escultórica– se formalizan en masivas performances de derribo de una estatua significativa de un poder, una iconoclastia colectiva que semeja inevitable. Hablamos de la caída de un sistema, de un orden instituido. Hablamos de un campo expandido sólo posible desde esa idea indiscutible de poder que emana de la estatua, tan enfatizado por Rosalind Krauss en sus Pasajes de la escultura moderna.
La resistencia de la estatua resulta perfecta para transmitir la vigorosidad de una ideología; naturalmente, vencer su intemporalidad supone una advertencia de que nada será lo mismo. El gesto, más que nunca, refleja un decreto de muerte, como aquel entierro de Malevich con el cuadro negro a modo de icono o como las palabras que desde siempre asesinaron la filosof’a -que Sócrates se haya suicidado es signo de esa condición funeraria germinal y permanente. Y es que en los funerales es donde más gente aparece, como en la entrada de un nuevo orden, a modo de festiva inauguración de lo nuevo.

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