beuys

Paulo Reis /// El último trágico del siglo XX.

Comienzo este texto hablando de desesperación, de dolencia mortal, hija predilecta de la melancolía, no porque yo sea un adepto de la desesperación; porque la desesperación es indicio del estado del alma, cuando el cuerpo se queja, se exprime, estira los músculos de la cara y contrae los del pecho en un tremor y terror. ¿La desesperación es, en definitiva, voluntad o imperfección para los hombres? Pura dialéctica, pues si el hombre es espíritu y este espíritu se manifiesta a través de una materia, en el cuerpo (yo), es en esta dualidad que el arte de Dostoievski o Joseph Beuys puede ser entendido. Kierkegaard –uno de los autores predilectos de Beuys– preconiza, en su ansiedad por la inmortalidad, que el hombre es la síntesis de infinito y finito, de temporal y de eterno, de libertad y de necesidad, es, en suma, una síntesis. ¡A los hechos!
Noche de 23 de diciembre de 1985, una tempestad de invierno inesperada castiga a la ciudad de Nápoles. En el espacio Palazzo Regale del Museo de Capodimonte, Joseph Beuys espera a los invitados, rodeado por la esposa Eva, los hijos Wenzel y Jessica, por el galerista Lucio Amélio y unos pocos invitados que conseguieron atravesar la tormenta; espera pacientemente. La exposición consiste en una instalación con una vitrina y placas de cobre doradas en la pared.

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