|
Giovanna Zapperi /// Históricamente, en la teoría artística occidental, el dibujo era considerado como el lenguaje artístico por excelencia, con primacía especialmente en relación al gesto de la pintura, según un principio establecido desde el tratado De Pictura de Leon Battista Alberti, de 1435. En consecuencia, las academias europeas privilegiaron durante siglos el dibujo en la formación de los artistas. Esto era considerado la señal tangible del proceso de identificación: la línea es inmutable, afirmaban los académicos, mientras el color está sujeto a alteraciones, debido a la percepción subjectiva o a factores ambientales como la luz. De este modo, la separación entre línea y color asumió históricamente la forma discursiva de una lucha entre la racionalidad y la emoción, entre la forma y lo amorfo, entre la necesidad de establecer fronteras –entre los objetos, entre el cuerpo y el espacio circundante, pero también entre sí y el mundo externo– y la amenaza de una disolución de la forma y de los límites corpóreos. |