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David Barro /// Noé Sendas o la agonía de un ventrílocuo Entiendo toda la obra de Noé Sendas como una suerte de autorretrato agónico, retorcido, de un primer plano incómodo. Como en Faces, de Cassavetes, la cercanía grosera más que revelarnos un mundo táctil, nos dificulta la visión, la derrite o asfixia. Todo deriva en una obscenidad cercana a la ceguera, como en el erotismo bataillano. Como en la locura de Lady Macbeth. Así ese aliento desnudo de Noé Sendas en la obra que recoge el título de ese ambivalente personaje shakesperiano, ese deseo convencido, enfriado hasta el punto de pedir la calma en la mirada. “Todo lo dimos para no tener nada, una vez saciado el deseo no da placer. Mejor sería ser aquello que uno destruye, que, al destruirlo, sobrevivirle en la felicidad”, asevera Lady Macbeth. Es la paradoja de una virtual victoria con forma de destrucción encarnada en una Lady Macbeth metamórfica, primero criminal, luego demente o suicida. Esa violencia transformadora, ese delirio capaz de desintegrar toda ambición, nos lleva a pensar que el horror no está en el crimen sino en la metamorfosis, en ese viaje a uno mismo que desemboca en el suicidio. Y eso es lo que atrae a un Noé Sendas que trabaja la apariencia e invierte los valores, o mejor, desdobla su sentido, como el Shakespeare más oscuro. |