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Paulo Reis /// Es la verdad oculta que no hay verdad. El trabajo de João Pedro Vale Oscar Wilde, el supremo pontífice de la ironía, al ser indagado con qué se contentaba, en una frase lapidaria, reveló contentarse con muy poco; “apenas lo mejor, querido”, respondió. La importancia de la ironía en la obra de Wilde se convirtió en su epíteto. Agudo, intenso, cruel, refinado... amigos y enemigos se referían así al escritor irlandés, al final éste escogía a sus amigos por la belleza y a sus enemigos por la inteligencia. Inteligencia e ironía viraron sinónimos en las mentes de grandes estetas, como Shakespeare, Molière, Wilde, Samuel Beckett, George Bernard Shaw, Luigi Pirandello o Nelson Rodrigues. En tanto que lo real ya no es lo que era, la nostalgia asume todo su sentido para los resentidos, o la ironía para los inteligentes. Pura parodia, helás! El debut de la ironía en la sociedad occidental se da con las diatribas del filósofo Diógenes de Sínope al enfrentar la lógica socrática con la sonrisa de la lógica cínica. Para Diógenes lo absurdo de la vida, hecha de pequeños sofismas, debería ser encarado con una sonrisa. En el famoso cuadro de Rafael (Escuela de Atenas), el filósofo aparece reclinado en la escalera de la Academia, donde lee absorto, mientras los señores de las verdades se enfrentan en la arena de los aforismos. |